"La perfección no es cosa pequeña, pero está hecha de pequeñas cosas." Miguel Ángel

jueves, 10 de junio de 2010

Luis II de Baviera. El rey loco y su relación con Richard Wagner




Luis Otón Federico Guillermo de Baviera, vio la luz el 25 de Agosto de 1845, en Nymphenburg, palacio veraniego cerca de Munich, en el seno de la dinastía de los Wittelsbach (en la cual ya se habían producido sus cuantos escándalos y lunáticos de atar como la princesa Alexandra que juraba que se había tragado un piano entero).

Fue hijo del rey Maximilian II Joseph von Wittelsbach rey de Baviera y de María de Hohenzollern, princesa de Preußen (Prusia) e hija del rey de Prusia Federico Guillermo I de Hohenzollern.

En su esmerada educación, como corresponde a un futuro rey, tuvieron una especial preponderancia las cuestiones artísticas, pues tanto su padre como su abuelo Luis I, eran profundos amantes del arte y la belleza, grandes mecenas de su tiempo y aprendices de poeta.

En este atento aprendizaje artístico, el joven príncipe Luis, el 25 de agosto de 1861, presenció por primera vez una obra wagneriana, precisamente “Lohengrin”, y quedó tan sumamente cautivado por todo lo que había visto y oído, por lo que había sentido con esta obra y por lo que de sí mismo y de su espíritu había reconocido en aquel drama, que desde entonces su pasión wagneriana, su entusiasmo romántico y su ímpetu artístico, no conocieron límites.

Y es que ya entonces había formado el carácter plenamente romántico que le haría presa de insultos y mofas, el carácter que le valdría el apodo de Rey Loco. Era un joven príncipe dotado de un alma enfermiza y una imaginación asombrosa, inflamado de un sublime sentimiento, alto, pálido, con un espíritu turbado y melancólico, volcado en los delirios de su alma como un arquitecto de ilusiones ó un cazador de sueños.

Un artista en el más profundo sentido de la palabra, con miras para todo lo hermoso y sublime que encontrase, con un espíritu elevado sólo preocupado por el sentimiento y la belleza, pero que sin embargo no había nacido para realizar y plasmar todos sus sueños, no era capaz de una verdadera actividad creadora; y en la búsqueda de esto, encontró en el Maestro Richard Wagner la figura que ponía en imágenes artísticas sublimes todos sus anhelos y sus ensoñaciones.

A los 18 años de edad, Luis II vio morir a su padre en el mes de marzo y no le quedó más remedio que tomar las riendas del país. La población de Baviera se enamoró a primera vista de este joven elegante, hermoso y dulce y cuando pasaba por las calles de la ciudad en su carruaje, decenas de pobladores le festejaban.

Cuando el 6 de mayo recibe el Rey Luis II a Wagner en Munich, lo recibe con unas palabras que marcarán toda su relación, y que ponen de manifiesto tanto esa entrega absoluta como esa afinidad de almas: «Sin que vos lo supierais, erais la cuenta de todas mis alegrías. Vos habéis sido mi mejor maestro, mi educador y un amigo que, como ningún otro, ha sabido hablar a mi corazón. Haré cuanto esté en mi mano para haceros olvidar vuestros sufrimientos, disiparé todas vuestras preocupaciones, os proporcionaré el reposo a que aspiráis a fin de que despleguéis sin traba alguna, vuestro genio maravilloso. Ahora que visto la púrpura, emplearé mi poder en endulzar vuestra vida».


Richard Wagner, músico alemán.

De Munich se traslada al castillo de Berg, a orillas del lago Stamberg en la isla de las rosas, donde proporciona a Wagner una villa cercana a su castillo para que trabaje con la tranquilidad de un creador, le dona una casa en Munich en la Briennerstrasse, paga las deudas del artista, todo está al servicio del Maestro para que trabaje y desarrolle su genio, el teatro, la orquesta, la intendencia..., otorga toda clase de favores y reconocimientos, proporciona cargos importantes a Hans von Büllow, todos los días el Rey va a visitar al Maestro o éste va al castillo... Es un período tranquilo y soñado por Wagner, no ha de preocuparse por su sustento ni por los medios con que dedicarse a su arte, algo que durante toda su vida le había rondado como un perro de presa y que al fin había conseguido dejar atrás... por ahora.

Años y obras wagnerianas

Tras una serie de representaciones de sus obras, -“El Holandés” a finales de 1864 y el “Tannhäuser” en febrero de 1865- se estrena en Munich, el 10 de junio de 1865 el “Tristán e Isolda” con Schnorr von Carolsfeld como Tristán y Frau Schnorr como Isolda.

El Rey Luis, queda profundamente impresionado por esta obra y aún más entregado a Wagner y al ideal wagneriano si cabe que antes, y la misma noche de la representación, al acabar ésta, le escribe con profunda emoción pura y sublime, una nota llena de un exaltado sentimiento:
«¡Sublime y divino amigo...! ¿No has perdido valor para nuevas creaciones? Te ruego que no renuncies a tu arte, en nombre de aquellos a quienes proporcionas dichas que sólo Dios podría dispensar. ¡Tu y Dios! Hasta la muerte, hasta el reino de las Tinieblas, sigue admirándote Luis».

1865 Wagner en calidad de exiliado viaja a Suiza

No todo era un mundo de rosas. Mientras Richard Wagner y el Rey creaban su mundo aparte, las intrigas palaciegas contra el Maestro habían nacido y se habían ido desarrollando, y aunque en el primer momento la llegada de Wagner a Munich, había sido un hombre celebrado y agasajado por todos y el wagnerismo se había convertido en el último snobismo de moda entre las clases altas de Baviera, conforme se fueron dando cuenta de la inmensa personalidad del Maestro y de todo lo que el wagnerismo suponía tanto a nivel de ideología como de influencia sobre el Rey, comenzaron las hostilidades contra él.

Pronto toda Baviera estuvo contra Wagner, y todas las personas alrededor del Rey Luis comenzaron a presionarle en su contra: su tío el príncipe Carlos, su madre, el secretario Pfistermeister -aquél que había ido en busca de Wagner a Stuttgart-, el consejero Luts, el presidente Von der Pfordten, exponen la situación como de un grave peligro interno para el país con múltiples amenazas organizadas por un artista, y el 6 de diciembre de 1865, el Gobierno en pleno expone su ultimátum al Rey: “Debe escoger entre el amor y la felicidad de su pueblo y la amistad de un hombre despreciado por todo lo bueno y sano del reino”.

Colocado en tal situación, Luis II escribe a Wagner de una manera terriblemente angustiosa y desesperada: «Mi querido amigo: Con gran pesar de mi parte le ruego que acceda usted a los deseos que le expresó ayer mi secretario. Créame usted: debía obrar así. Mi afecto por usted durará lo que mi vida y con plena conciencia de mis palabras me atrevo a decirle que soy digno de usted. Sé que comprende mi profundo dolor. No dude usted nunca de la fidelidad de su mejor amigo. Suyo hasta la muerte, Luis».

El comienzo del final de la relación del Rey con Wagner esta signado por el estreno de los "Maestros Cantores de Nuremberg", y a partir de ahí sus caminos comenzarán a separarse, el 21 de junio de 1867, en Munich. Tras el estreno, habrían de pasar algunos años hasta que se volviesen a encontrar. El Rey Luis escribe a Cósima en la última carta que le dirige: «Cuento entre las horas más bellas de mi vida, las que he pasado al lado del Amigo querido, del más grande e inmortal Maestro, durante las representaciones de su admirable obra. No las olvidaré jamás...»



Castillo de Hohenschwangau

En verano de 1875, en la noche del 5 al 6 de Agosto, volvieron a encontrarse tras 8 años sin verse el Maestro y su admirador Rey. Luis II recabó su tren a una legua de Bayreuth, para visitar a Wagner y hacerle saber que deseaba estar presente en las fiestas de inauguración, como simple espectador, declinando la invitación de permanecer en Wahnfried y permaneciendo solo en su tren.


"Bayreuth"

En los siguientes días, en el palco junto a Wagner, presenciaron en solitario los ensayos generales de todo “El Anillo”, dejándose llenar e invadir una vez más por el espíritu y el sentimiento de las obras wagnerianas, uniendo una vez más su alma y su sueños, su entrega y su admiración a la obra de su Maestro. Pero en cuanto la última nota del “Ocaso de los Dioses” hubo sonado, de nuevo fue a refugiarse en la lejanía de sus montañas, y en los sueños de su mundo aparte, en el espíritu atormentado de su soledad romántica.

Luis II como estadista probó ser más sagaz y capaz de lo que muchos admiten. Sin su consentimiento, Otto von Bismarck no hubiera podido unificar Alemania ni hubiera sido posible el triunfo de los germanos en la Guerra Franco-Prusiana, dado que en este conflicto Baviera apoyó con tropa a los prusianos. Luis II a nivel personal se sentía un poco asqueado ante el escándalo que protagonizó su amado Wagner al quitarle la mujer a Hans von Bulow para luego casarse con ella.

También estaba preocupado por la salud de su hermano menor Otto, quien podría haber ayudado a Luis II pero que cada día iba de mal en peor con ataques de locura durante los cuales le daba por morder, caminar a cuatro patas y ladrar como perro. Para colmo de males Richard Hornig se casó durante una de las ausencias de Luis II, y el rey se sintió traicionado.

La penúltima vez que se vieron el Rey Luis y Wagner fue en Noviembre de 1880. Wagner regresaba de un viaje por Italia y paró en Munich para pedirle al rey una vez más su ayuda para el estreno de “Parsifal” en Bayreuth, donde deberían intervenir la orquesta y coros de Munich.

Luis II aceptó y organizó una representación especial de “Lohengrin” para esa visita de Wagner. Dos días después pidió que se interpretara el preludio de “Parsifal”, haciéndolo por dos veces y después el de “Lohengrin”. Wagner se marchó indignado pues tras escuchar el Rey la obra cúlmen de su creación, donde su alma por completo estaba transcrita en un drama, el Rey pedía que se interpretara el preludio de una de las obras de su primera etapa. A Luis II le pasó inadvertido tal enfado y en su diario anotó de esa velada: «...el 12 de noviembre, por la tarde, he oído dos veces el admirable y maravilloso preludio de “Parsifal”, dirigido por su propio autor. Profundamente significativo... Siempre he oído decir que entre Príncipes y súbditos no es posible ninguna amistad...»

Fue a visitar de incógnito a Richard Wagner en Haus Wahnfried y en enero de 1881 Wagner y Luis II vieron juntos la ópera Lohengrin. Cenaron juntos y lloraron mucho.

Un mes antes de la muerte del compositor, el Rey Luis le escribe un telegrama el dos de enero de 1883, que seria la última carta que le enviase:«Desde lo más profundo de mi corazón, correspondo yo a sus deseos de suerte que me hicieron mucha ilusión. Me he alegrado mucho de su tan atenta carta. En las hojas recibidas hace poco he leído con el mayor interés los temas escritos y las composiciones anunciadas en noviembre».


Castillo de Linderhof

Wagner le responde con una extensa carta muy interesante el 10 de enero que también sería la última misiva, y que acababa de esta forma:
«Es así como cierro hoy el círculo de mi vida, penetrado del noble sentimiento de las bonanzas de las que he disfrutado, y en el cual yo muero, y seguiré a mi Señor y a mi amigo, para la eternidad».

La muerte de Wagner se produce el 13 de febrero de 1883 en Venecia y la desesperación de Luis II fue tan profunda que ni pudo ir al entierro de Wagner.

Cuando se le comunicó la muerte exclamó:«¡Es horrible! ¡Espantoso» y ordenó que lo dejasen solo.

Tan sólo en su soledad encontró algo de respiro, en la soledad que ya no era vida, en la soledad que lo identificaría para siempre como el Rey Loco. Ordenó que cerrasen y prohibiesen tocar los pianos de sus castillos, y exclamó lleno de tristeza, recuerdo y soledad: «El artista del cual hoy llora todo el mundo la pérdida, soy yo quien le salvó».

En el coche fúnebre de Richard Wagner tan solo se permitieron colgar de los millares de coronas mortuorias que se enviaron, las dos de Luis II. El 16 de febrero escribe una carta de profundo duelo a Cósima:«Muy distinguida Sra. y apreciada amiga: Me es imposible plasmar el profundo dolor que llena mi alma acerca de la horrorosa e insustituible pérdida que hemos padecido. ¡Qué golpe del destino más deplorable nos ha tocado a usted, a los pobres niños, a todos nosotros, los amigos y numerosos admiradores del gran e inolvidable amigo y maestro! ¡Qué lástima que nos fuera arrancado tan pronto, quien hubiera podido pensarlo!».

Fue la última vez que se vieron, pues el 13 de febrero de 1883, Wagner moría en Venecia de un infarto. Wagner fue sepultado en Bayreuth, donde un acongojado Luis II visitó secretamente su tumba para llorar una vez más.

Ya para entonces, Luis II comenzaba a tener alucinaciones y otros problemas mentales. En su diario se reflejaban estas anomalías. Se sentía acosado por sus funcionarios, que olvidaban que cuanto mecenazgo se había hecho en el pasado provenía del dinero personal del rey y no del erario de Baviera. Los ministros se volvieron contra Luis II


Castillo de Neuchswanstein

Castillos

Volcó sus mayores energías en paraísos artificiales, diseñando y construyendo tres grandiosos castillos siguiendo el estilo historicista imperante en la época: Linderhof, Neuschwanstein y Herrenchiemsee. En esto perpetuaba la tradición de su familia, que había construido grandes avenidas en Múnich, y castillos por toda Baviera. Contrariamente a lo que se piensa, Luis II gastó su fortuna familiar para la construcción de estos castillos, sin arruinar las arcas del Estado. En la construcción de los castillos fue ayudado por el diseñador de edificios Christian Jank.


1886 Muerte de Luis II en el lago Stanberg

El 7 de junio de 1886 se llevó a cabo el complot contra el rey en Munich. El gobierno, tras un día de discusiones y misas negras, decidió que Luis II no podía reinar y que el regente sería el príncipe Luitpoldo.

Aconsejaron Luis II que huyera hacia Austria, pero él se negaba a hacerlo. Afirmaban que Luis II quería suicidarse y varios doctores montaron guardia, mientras el monarca protestaba que no era posible que lo declararan loco si no lo habían examinado.

El dia 10 de junio de 1886, su primo el Príncipe Luitpoldo tomó la regencia del reino, pues la familia de Luis II y los políticos de Baviera, juzgaron que el carácter de Luis II era fruto de una enfermedad mental que le imposibilitaba para las labores de gobierno. Así, lo sacaron de su castillo de Neuschwanstein y lo recluyeron en el castillo de Berg.

Tres días después, el 13 de junio, murió ahogado en el lago Starnberg, frente al castillo que había sido su última morada prisión. Junto a su cadáver se encontró el de su médico personal, el doctor Gudden.

La versión oficial con relación a su muerte, es la del suicidio, por la que habría puesto fin a su atormentada existencia de soledad y compañía, a su vida de continua contradicción romántica, llevando consigo a su guardián y médico.

Fuentes:
Wikipedia
http://www.islaternura.com

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